martes, 3 de noviembre de 2009

CHOPIN-Preludio en Re b M.Op..28 nº 15 "La gota de agua"

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F. CHOPIN (1810-1849) : Preludio en Re b Mayor Op.28 nº15

Muestro aquí una obra que ya desde los primeros años de mi mundo en la música me atrajo enormemente. Era yo una estudiante apenas de 10 o 12 años y trataba de interpretarla. La gota de agua implacable en la nota “LA” de la mano izquierda era inmensamente atrayente, quizás obsesiva, pero hermosa.

Esta simple nota musical es la encargada de llevarnos al centro mismo de los sentimientos de su autor; ella nos lleva de la mano para poder entender y comprender lo que Chopin siente en cada momento, desde los momentos tranquilos hasta los más trágicos.

Chopin es un músico con unas características muy especiales por el momento en que vive -pleno romanticismo- y por sus circunstancias personales: su enfermedad, la convivencia con Aurora Dupin, la célebre escritora francesa conocida como George Sand que es como firmaba sus trabajos literarios.
Se encuentran en la Cartuja de Valldemosa (Mallorca) y es el año 1838. Una noche llueve…una gota que golpea en su tejado le obsesiona…nace una obra bellísima que pasará a la historia como una de las más bellas composiciones de este gran músico y virtuoso pianista polaco.

El nacimiento de esta composición lo va a relatar su propia compañera Aurora Dupin –George Sand- en su libro “Historia de mi vida”:

“…Allí compuso las más hermosas de esas piezas breves que él humildemente llamaba preludios. Son obras maestras… algunos son de una tristeza lúgubre y, al tiempo que complacen el oído, destrozan el corazón. Hay uno que compuso en una velada de lluvia melancólica y que echa sobre el alma un pesar temeroso. Sin embargo ese día Mauricio y yo lo habíamos dejado muy bien y nos fuimos a Palma a comprar algunas cosas que hacían falta en nuestro retiro. Vino la lluvia y los torrentes se desbordaron; hicimos tres leguas en seis horas para volver en medio de la inundación y llegamos en plena noche, descalzos, habiendo corrido peligros inenarrables. Nos dimos prisa, pensando en la intranquilidad de nuestro enfermo. Estaba en pie, pero se había limitado a una especie de desesperación apagada y, cuando llegamos, tocaba su maravilloso piano llorando… Cuando nos vio entrar se levantó con un gran grito y después nos dijo con aspecto conturbado y en un tono muy extraño: ¡Ah! ¡Yo ya sabía que habían muerto!
Cuando se recobró y vio en qué estado estábamos, se sintió enfermo por la visión retrospectiva de nuestros peligros; enseguida me confesó que mientras no estábamos, había visto todo como en sueños y que, sin distinguir ya el sueño de la realidad, se había calmado y, como adormecido, estuvo tocando el piano convencido de que él también estaba muerto. Se veía flotando en un lago; unas gotas de agua pesadas y frías caían lentamente sobre su pecho, y cuando yo le hice oír el ruido de las gotas que, en efecto, caían lentamente sobre el tejado, negó haberlas oído. Se enojó por lo que yo llamaba “armonía de imitación”, protestó con vehemencia, y tenía razón, contra la inutilidad de esas imitaciones para el oído. Su genio se nutría de misteriosas armonías de la Naturaleza, volcadas en los sublimes sonidos de su inspiración musical y no por una copia servil de los sonidos exteriores. Su composición de esa noche estaba humedecida por las gotas de lluvia que resonaban sobre las tejas sonoras de la Cartuja, pero en su imaginación se habían convertido en lágrimas que caían del cielo sobre su corazón…”
Creo que con este bellísimo relato de George Sand es suficiente para que al escuchar esta obra asumamos los sentimientos de su autor.
Escuchemos pues el preludio “La gota de agua” en la que el autor describe musicalmente todos los sentimientos y reacciones que sufre al presentir que su compañera y Mauricio, el hijo de ella, estaban en peligro.

…Y todo empezó con una simple gota golpeando en la cubierta del tejado.

MARÍA DOLORES VELASCO


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